Día 164 · sábado, 13 de junio

La Palabra del Necio

"Dice el necio en su corazón: No hay Dios. Se han corrompido, hacen obras abominables; No hay quien haga el bien."SALMOS 14:1

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Transcripción

Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 164, La Palabra del Necio.

"Dice el necio en su corazón: No hay Dios. Se han corrompido, hacen obras abominables; no hay quien haga el bien." Salmos 14, versículo 1.

Fíjate dónde nace esa frase: en el corazón. No en la mente, no en un debate filosófico bien argumentado. En el corazón. Y eso lo cambia todo, porque significa que negar a Dios casi nunca comienza con una prueba lógica — comienza con un deseo. El necio del salmo no llegó a esa conclusión pensando con calma. Llegó porque, en el fondo, le resultaba más conveniente que Dios no existiera. Así nadie está mirando. Así nadie va a pedir cuentas.

Y mira cómo David enlaza la frase siguiente, sin ni siquiera tomar aliento: se han corrompido, hacen obras abominables. No es casualidad que esas dos cosas vengan juntas. Cuando Dios sale del cuadro — aunque sea solo en la imaginación de alguien — la brújula moral pierde su norte fijo. Sin un estándar que exista fuera de nosotros, el bien se vuelve solo una opinión, y las opiniones cambian según la conveniencia.

Y David no está señalando desde lejos, como quien se cree mejor. Dice: no hay quien haga el bien. Ninguno. Se incluye a sí mismo. Este no es un salmo de superioridad — es un salmo de angustia real. David estaba viviendo rodeado de esa maldad, viendo a los corruptos prosperar y a los que hacían el bien sofocarse por debajo. Este versículo es el grito de alguien que siente el peso de vivir en un mundo que decidió que Dios no está mirando.

Pero fíjate en lo que viene justo después en el mismo salmo: el Señor mira desde el cielo para ver si hay alguien que lo busque. Aunque el necio declare que Dios no existe, eso no cambia ni una sola cosa sobre la realidad de Dios. Él sigue mirando. Sigue atento. La negación humana es como cerrar los ojos al sol — el sol no desaparece, solo desaparece nuestra visión de él.

Entonces, mi querido, déjame hacerte una pregunta directa: ¿hay alguna área de tu vida donde has estado viviendo como si Dios no estuviera mirando? No hablo de ateísmo declarado. Hablo de esas pequeñas decisiones — en el trabajo, en una conversación, en un pensamiento que guardas escondido — donde actúas exactamente como el necio del salmo, aunque confieses fe con la boca. Todos lo hemos hecho alguna vez.

Hoy, el llamado es honesto: elige una de esas decisiones. Un área específica donde has actuado como si estuvieras solo, sin nadie viendo. Y llévala a Dios en oración. No para condenarte — para corregirla. Porque Él ya estaba mirando. Y está esperando que tú lo mires de vuelta.

Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.