Día 349 · martes, 15 de diciembre
"Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré. Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad."LAMENTACIONES 3:22-23
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 349, Cada Mañana, Misericordia.
Escúchame bien. Del libro de Lamentaciones, capítulo tres, versículos veintidós y veintitrés: "Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad."
Deja que eso llegue.
Jeremías no escribió estas palabras desde un lugar de comodidad. Las escribió desde las ruinas. Jerusalén había caído. El templo, destruido. Todo lo que él amaba, convertido en escombros. Y fue ahí — en ese lugar de pérdida total — donde él tomó una de las decisiones más valientes que registra la Biblia.
"Esto recapacitaré en mi corazón."
No fue un sentimiento que llegó solo. Fue una elección deliberada, hecha a contracorriente del dolor. Jeremías giró su mirada — con intención — hacia Dios. Y ahí es donde nace la esperanza. No cuando termina el sufrimiento. No cuando mejoran las circunstancias. Sino cuando tú decides, en medio del caos, recordar quién es Dios.
¿Y qué recordó él? Que las misericordias de Jehová nunca decayeron. El hebreo detrás de esa palabra habla de un amor leal, un amor que sostiene el pacto incluso cuando el otro lado ha fallado. Es el amor de un Dios que no abandona — y ese amor se revela en su forma más plena en Cristo, quien fue hasta el extremo por nosotros cuando todavía éramos pecadores. No por mérito. Por fidelidad.
Y las misericordias no son un depósito con límite que se va vaciando con cada tropiezo tuyo. No funcionan así. Se renuevan como el amanecer — fiel, puntual, sin fallar. Cada mañana que abres los ojos es evidencia silenciosa de que Dios no se ha rendido contigo. La luz que entró por tu ventana esta mañana no fue casualidad. Fue fidelidad.
Y Jeremías lo supo en los peores días de su vida. No en los días tranquilos — en los días de llanto, de pérdida, de nuevo comienzo que nadie pidió. Ahí es donde la fidelidad de Dios deja de ser solo doctrina y se convierte en sustento. Lo grande no es el sufrimiento. Grande es quien está contigo adentro de él.
Entonces hoy, mi querido, antes del desayuno, antes del teléfono, antes de que lleguen corriendo las preocupaciones del día — detente dos minutos. Pon la mano en el pecho. Y di en voz alta, con tu propia boca: "Hoy las misericordias de Dios son nuevas para mí." No necesitas sentirlo primero. No necesitas estar bien. Solo decláralas. Deja que la verdad llegue antes que la ansiedad. Porque es verdad — y la verdad no depende de tu estado de ánimo para ser real.
No estás comenzando este día solo. Lo estás comenzando con misericordias nuevas.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana.