Día 335 · martes, 1 de diciembre
"en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia"EFESIOS 1:7
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 335, Redención Real.
Efesios 1:7 — escucha bien: "En él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia."
En él tenemos. No tendremos. No podríamos llegar a tener si nos esforzamos lo suficiente. Tenemos. Ahora mismo. Pablo no eligió ese tiempo verbal por accidente. La redención no está esperándote en el horizonte, condicionada a que la merezcas — ya es tuya, hoy, en este momento, en Cristo Jesús. No es una promesa aplazada. Es una realidad que ya existe si estás en Él.
Y ese "en él" lo cambia todo. No es redención por esfuerzo. No es redención por mérito acumulado ni por años de religiosidad. Es por su sangre. Hay un precio en esa frase, y Cristo lo pagó completo. No porque tú lo merecieras. No porque hubieras hecho todo bien. Sino porque eras amado — profunda, inquebrantablemente amado. La cruz no es un símbolo vago. Es la prueba más concreta, más sólida, más real que Dios ha dado jamás de que Él no se rindió contigo.
¿Y qué produce esa redención? El perdón de pecados. Ahora bien, el perdón aquí no es solo una sensación reconfortante — es una realidad jurídica y espiritual. La deuda fue saldada. No renegociada, no reducida, no pospuesta. Saldada. Lo que antes levantaba una muralla entre tú y Dios fue removido para siempre, como si nunca hubiera existido. Ya no cargas el peso de un juicio abierto sobre tu cabeza. La sentencia ya fue pronunciada, y dice: perdonado.
Y aquí es donde Pablo va más lejos de lo que esperaríamos — no dice que fuimos perdonados según lo mínimo necesario. Dice: según las riquezas de su gracia. Riquezas. No una gota de gracia medida con cuidado para no desperdiciarla. No un perdón a regañadientes, dado con resignación. Riquezas — abundancia desbordante, generosidad extravagante. El estándar de medida de su gracia es el propio Dios. Y Dios no es pequeño.
Eso significa que no puedes ganar lo que ya fue dado como regalo. No existe cantidad de esfuerzo, de disciplina espiritual, de buenas intenciones suficiente para comprar lo que Cristo ya puso en tus manos. La gracia no funciona como un salario que se gana. Funciona como un regalo que se recibe. Y cuando te detienes a dejar que eso realmente aterrice en ti, algo se mueve por dentro — algo que ningún logro propio puede mover.
Por eso hoy te pido que hagas una sola cosa. Antes del desayuno — antes de revisar el teléfono, antes de que el día empiece a jalarte hacia todos lados — detente. Dos minutos. Pon la mano en el pecho, aquí mismo sobre el corazón. Y di en voz alta, no para adentro, en voz alta: "Gracias, Jesús, por el precio que pagaste por mí." Deja que la gracia aterrice antes de que empiece el día. No como un ritual vacío. Como una respuesta — de alguien que fue rescatado y lo sabe.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.