Día 295 · jueves, 22 de octubre
"Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas."MATEO 13:31-32
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 295, La Más Pequeña Semilla.
"Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas." Mateo 13:31-32.
Jesús elige esta imagen a propósito. En aquella región, el grano de mostaza era conocido como la semilla más pequeña que la gente sembraba. Diminuta. Casi invisible en la palma de la mano. Y es exactamente esa semilla la que Jesús usa para describir el reino de Dios. No un árbol ya crecido, no un ejército ya formado — una semilla demasiado pequeña como para impresionar a alguien.
Fíjate también que la parábola no se queda solo en la semilla. Alguien actúa: "un hombre tomó y sembró en su campo." El crecimiento del reino no ocurre por accidente. Alguien tiene que tomar esa semilla pequeña — ese gesto de fe que parece insignificante — y realmente sembrarla. La acción concreta es parte de la historia, no un detalle cualquiera.
Y entonces llega el contraste que Jesús quiere que sientas: de la semilla más pequeña, se convierte en la mayor de las hortalizas, un árbol de verdad. Ese salto — de casi nada a lo inmenso — no es coincidencia en la parábola. Es el propio corazón de cómo trabaja Dios. Él se agrada, le da gusto, en tomar lo que parece demasiado insignificante para que el mundo lo note y transformarlo en algo que supera toda expectativa razonable.
Y mira el final de la parábola: las aves del cielo vienen a hacer nidos en las ramas. El reino no crece solo para admirarse, solo para lucir bonito en un campo aislado. Crece para acoger. Para dar lugar de descanso a quien necesita un nido. El propósito del crecimiento siempre fue recibir a otros.
Pero entre la semilla sembrada y el árbol lleno de nidos, existe un tiempo — un tiempo que la parábola no describe en detalle, pero que sabemos que existe. Un tiempo de espera, muchas veces invisible, en el que nada parece estar sucediendo en la superficie. Y es exactamente en ese tiempo cuando la fe es más probada. Sembraste. Todavía no ves nada crecer. Pero Dios está trabajando, bajo la tierra, donde los ojos no alcanzan.
Mi querido, quizás tengas un gesto de fe — una palabra, una oración, un acto de bondad, un paso de obediencia — que has aplazado porque parece demasiado pequeño como para marcar una diferencia. Demasiado pequeño como para valer la pena. Pero la parábola de hoy existe para recordarte: Dios no mide el comienzo por el tamaño. Lo mide por la fidelidad de quien siembra.
Entonces hoy, identifica ese pequeño gesto que has aplazado. Y hazlo. Hoy. Confiando en que el crecimiento no depende del tamaño de la semilla — depende de quién la cuida.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.