Día 270 · domingo, 27 de septiembre
"Pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús."FILIPENSES 3:13-14
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 270, Llamado hacia Arriba.
Escucha estas palabras de Pablo. Déjalas asentarse:
"Pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús." Filipenses 3, versículos 13 y 14.
Una cosa. Solamente una.
Pablo no era un hombre sencillo. Tenía historia — logros, sufrimientos, fracasos, revelaciones que pocos en la historia han recibido. Y con todo eso, con todo ese peso, llega ante nosotros y dice: una cosa hago. No una lista. Una. Avanzar en Cristo. Y hay una libertad enorme en esa simplicidad — porque cuando sabes cuál es la única cosa que importa, todo lo demás encuentra su lugar.
Pero para avanzar, hay que soltar.
"Olvidando lo que queda atrás" — Pablo no está negando el pasado. No está fingiendo que el dolor no existió, que los errores no ocurrieron. Está haciendo algo más difícil: está soltando de forma intencional. Y mira — no son solo los fracasos los que nos atan. Las glorias pasadas también atan. Aquella versión de ti que funcionó hace años, aquel momento en que todo parecía claro, aquel tiempo en que sentiste que habías llegado — todo eso puede convertirse en ancla si no lo entregas al Señor.
Y entonces Pablo hace el movimiento contrario. La palabra griega que la Biblia traduce como "extendiéndome" pinta la imagen de un corredor que se lanza hacia adelante. No camina. Se lanza. Todo el cuerpo inclinado hacia la meta, cada músculo comprometido con llegar. Eso es la fe — no una postura cómoda, no una creencia pasiva. La fe siempre es movimiento. Siempre es avanzar.
¿Y hacia dónde? Hacia la meta. Y la meta es Cristo. En medio del ruido del día a día, cuando el camino se ve confuso y el corazón se siente incierto, hay una brújula que no falla: la intimidad con Jesús. Él es el destino y Él es el camino. No necesitas ver todo el trayecto — solo necesitas verlo a Él.
¿Y el premio? El premio del supremo llamamiento no es un trofeo que ganas con tu esfuerzo. Es el regalo de un Padre que ya te llamó por tu nombre. Antes de que dieras un solo paso, Él ya te eligió. Entonces correr no es una carga pesada — es la respuesta gozosa de un hijo al amor de su padre. Corres porque eres amado, no para ser amado.
Así que hoy, antes del desayuno, haz una sola cosa. Toma un papel y escribe algo del pasado — un dolor que todavía cargas, un fracaso que todavía pesa, o una gloria vieja que todavía abrazas por miedo a avanzar. Escríbelo. Y entrégaselo a Dios en oración. Dilo en voz alta, con fe: "Señor, suelto esto — y avanzo contigo hoy." No lo susurres. Dilo con convicción. Porque es una declaración, no una sugerencia. Es el paso del corredor que se lanza hacia adelante.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana.