Día 256 · domingo, 13 de septiembre
"Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día."2 TIMOTEO 1:12
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 256, Sé en Quién Creí.
Escucha estas palabras de Pablo. No las leas — escúchalas — porque las escribió desde adentro de una prisión: "Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día." Segunda Timoteo, capítulo uno, versículo doce.
Una celda. Cadenas. El mañana incierto. Y Pablo abre la boca y declara: no me avergüenzo. No es arrogancia. No es que esté fingiendo que todo está bien. Es algo mucho más profundo — una confianza que no nace de las circunstancias, y por eso no muere con ellas. Pablo no estaba mirando lo que lo rodeaba. Estaba mirando a Quien lo gobernaba todo.
Y fíjate bien en cómo lo dice. No "sé lo que creo." No un sistema. No una doctrina escrita en papel. Dice: sé a quién he creído. A quién. Una Persona. Cristo vivo, Cristo presente, Cristo que conoce tu nombre y guarda lo que tú le has confiado. La fe cristiana no es adherirse a un conjunto de ideas — es una relación con Alguien que está vivo ahora mismo, mientras me escuchas.
Y Pablo dice: estoy seguro. La palabra griega lleva el peso de una persuasión definitiva — algo decidido de una vez y para siempre, que no se deshace en la próxima crisis, que no cambia según cómo amaneciste hoy. No es una fe frágil que necesita viento en popa para mantenerse en pie. Es una certeza que atraviesa tormentas. Un ancla que va hasta el fondo aunque la superficie esté revuelta.
Entonces Pablo dice: es poderoso para guardar. Lo que has confiado a Cristo — tu vida, tus hijos, tu matrimonio, ese sueño que parece imposible, ese dolor que ni siquiera sabes cómo nombrar — está bajo custodia divina. Dios no es un guardador descuidado. Él no olvida lo que pusiste en sus manos. Lo que está con Él está seguro, aunque no lo puedas ver, aunque no lo puedas sentir.
Y la promesa no tiene fecha de vencimiento. Cristo guarda para aquel día — el día final, el día de la consumación, el día en que todo lo sembrado en fe será revelado y cosechado. Él no guarda por una temporada y luego suelta. Lleva tu depósito hasta la meta. No hay una etapa de tu vida donde Él vaya a decir: hasta aquí llego yo, lo demás es tuyo. No. Para aquel día. Hasta el final.
Entonces hoy, mi querido, antes del desayuno, antes de abrir el teléfono, antes de que el día te arrastre — detente. Nombra en voz alta una cosa. Una preocupación que estás cargando. Un sueño que todavía te da miedo soltar. Una persona que amas y no puedes controlar. Nómbrala, y entrégala deliberadamente a Cristo con estas palabras: "Señor, te confío esto hoy." No como un ritual vacío — como un acto real de fe. Como alguien que sabe a quién ha creído.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana.