Día 219 · viernes, 7 de agosto
"Yo soy de mi amado, y mi amado es mío; El apacienta entre los lirios."CANTAR DE LOS CANTARES 6:3
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 219, El Uno al Otro.
"Yo soy de mi amado, y mi amado es mío; El apacienta entre los lirios." Cantar de los Cantares 6:3.
Fíjate en el orden de estas palabras — porque el orden importa. Ella no empieza diciendo "mi amado es mío", como quien afirma posesión antes que nada. Empieza diciendo "yo soy de mi amado." Primero viene el pertenecer. Primero viene entregarse. Y solo después viene el reconocimiento de que también es correspondida.
Eso cambia la forma en que entendemos la identidad, ¿no es cierto? Vivimos en una cultura que enseña a empezar por "lo que es mío", "lo que tengo", "lo que conquisté." Pero esta mujer empieza de una manera distinta: yo pertenezco. Antes de cualquier posesión, existe entrega. Y así funciona también nuestra relación con Dios — primero somos suyos, entregados, reclamados por Él. Y es dentro de esa pertenencia que descubrimos que Él también se entrega a nosotros.
Porque fíjate: el versículo no es de una sola vía. "Yo soy de mi amado, y mi amado es mío." Es recíproco. Ella le pertenece a él, y él le pertenece a ella. Esa es la naturaleza del pacto — no un contrato frío de obligaciones, sino un intercambio real de pertenencia. Dios no solo nos reclama como propiedad suya; se entrega a nosotros como nuestro Dios, presente, accesible, comprometido.
Y mira la última parte del versículo: "él apacienta entre los lirios." No corre. No persigue con ansiedad. Descansa. Porque donde existe verdadera pertenencia, existe descanso. La persona que sabe, con certeza en el corazón, a quién pertenece — esa persona no vive en una carrera constante para probar, para merecer, para sostener el vínculo con sus propias manos. Descansa dentro de la relación, porque la relación no depende solo de su fuerza.
Y esto es importante porque este versículo aparece dentro de un libro que también habla de búsqueda, de separación temporal, de noches en que la amada busca al amado y no lo encuentra de inmediato. La vida tiene esas estaciones. Pero incluso cuando la vida se tambalea, incluso cuando no sientes la presencia de Dios tan cerca como quisieras, la identidad de a quién perteneces no cambia. Sigues siendo suyo. Él sigue siendo tuyo.
Y quizás la parte más liberadora de todo esto sea: ella no necesita probar nada. No hace una lista de evidencias para justificar que le pertenece. Simplemente lo declara. Y tu seguridad en Dios tampoco depende de que pruebes, todos los días, que mereces pertenecerle. Depende del pacto que Él ya selló — por la sangre de Cristo, de una vez para siempre.
Entonces hoy, a primera hora de la mañana, quiero invitarte a hacer esta declaración en voz alta: "Yo soy de Dios, y Dios es mío." Y luego, elige un momento de tu día — solo uno — para vivirlo desde esa certeza, y no desde la inseguridad que tanto intenta convencernos de lo contrario.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.