Día 201 · lunes, 20 de julio

Lágrimas del Exilio

"Junto a los ríos de Babilonia, Allí nos sentábamos, y aun llorábamos, Acordándonos de Sion."SALMOS 137:1

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Transcripción

Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 201, Lágrimas del Exilio.

"Junto a los ríos de Babilonia, Allí nos sentábamos, y aun llorábamos, Acordándonos de Sion." Salmo 137:1.

Este es uno de los versículos más crudos de todo el salterio. No tiene barniz espiritual, no hay intento de disfrazar el dolor. Es gente sentada a la orilla de un río extranjero, llorando abiertamente, porque recordó su casa. Recordó el templo. Recordó a Sion, el lugar donde la presencia de Dios habitaba de forma visible, palpable — y ahora está lejos, exiliada, en una tierra que no es suya.

Fíjate que no esconden ese dolor. No fingen que todo está bien solo porque son el pueblo escogido. No ponen una sonrisa forzada. Se sientan y lloran. Y lo más hermoso es que Dios dejó que esto fuera escrito, guardado, cantado por generaciones. Ese dolor no fue vergüenza — fue verdad delante de Dios.

Y hay algo poderoso en ese "acordándonos de Sion": recordar, allí, era una forma de oración. Ellos no estaban solamente nostálgicos — estaban apuntando el corazón de vuelta al lugar de la presencia de Dios, aun sin poder regresar físicamente. Su nostalgia era, en el fondo, un clamor.

¿Alguna vez te has sentido así? Sentado a la orilla de un río que no elegiste, en un lugar de la vida que parece exilio — puede ser una enfermedad, una pérdida, una etapa de soledad, un trabajo que agota, una relación que duele. Y allí, recuerdas cómo era caminar cerca de Dios, sentir Su presencia de una forma más clara. Y la nostalgia duele.

Quiero decirte algo con todo cariño: ese dolor no es falta de fe. Los salmistas más fieles de la Biblia lloraron sin vergüenza delante de Dios. Y Dios no se alejó de ellos por eso — Él guardó sus lágrimas como Escritura sagrada.

Aun en Babilonia, Dios no abandonó a su pueblo. Estaba allí, escuchando cada lágrima junto al río, preparando el camino de regreso que solo se cumpliría después. El dolor del exilio no era el final de la historia de Israel — era un pasaje.

Entonces, si hoy estás en tu propio exilio, quiero invitarte a hacer lo que hicieron los salmistas: siéntate junto a tu río, y en vez de fingir fortaleza, llora delante de Dios. Nombra el lugar donde sientes esa nostalgia. Entrégaselo a Él, en oración, sin disfraz.

Dios te ve ahí. Y Él no te va a dejar exiliado para siempre.

Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.