Día 185 · sábado, 4 de julio
"Grandes son tu misericordia y tu fidelidad."LAMENTACIONES 3:23
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 185, Fiel Cada Mañana.
"Grandes son tu misericordia y tu fidelidad." Lamentaciones 3:23.
Quédate con esa palabra un momento. Grandes. No pequeñas, no apenas suficientes — grandes. Y no fueron escritas en un día de calma. Fueron escritas entre escombros. Jerusalén había caído. El templo estaba en cenizas. El pueblo estaba en el exilio. Y es precisamente allí — en el punto más bajo que un ser humano puede imaginar — donde brota este testimonio. La profundidad de la crisis no silenció la alabanza. La hizo más honda.
Piénsalo. El escritor no estaba en una mañana tranquila con el café en la mano. Estaba entre ruinas. Y aun así, eligió ver. Dijo: las misericordias del Señor se renuevan cada mañana. No una vez a la semana. No solo en los buenos días. Cada amanecer — este de hoy, el que tú acabas de vivir — es una prueba concreta de que la gracia de Dios no se agota. No se debilita. No tiene fin.
Y la palabra que está detrás de "fidelidad" en este versículo, en hebreo, es emuná. Firmeza. Constancia. Algo que no vacila. No es suerte. No es casualidad. Dios no es impredecible. No amanece de mal humor. No cambia de opinión sobre ti de un día para otro. Él es el mismo — ayer, hoy y siempre — y esa firmeza es una roca donde el alma agotada puede por fin descansar.
Y si necesitas una prueba de esa fidelidad, no tienes que ir lejos. La mañana más grande de la historia fue un domingo. Fue cuando Dios no abandonó al Hijo. Cuando el sepulcro no tuvo la última palabra. La Resurrección no es solo una doctrina — es el rostro de la fidelidad de Dios. En Cristo resucitado, emuná tomó nombre, tomó cuerpo, tomó un domingo que lo cambió todo. Si Dios fue fiel aquella mañana, lo es en esta. Si sostuvo aquella hora, sostiene la tuya.
Por eso el escritor de Lamentaciones — en medio del dolor, entre las ruinas — no se queda quieto. Ancla el alma y declara: por tanto, en esto esperaré. No es una esperanza pasiva que espera sentada con los brazos cruzados. Es una esperanza que elige. Que elige ver más allá de lo que está roto. Que mira la mañana y reconoce la mano de Dios en ella.
Y eso es exactamente lo que te invito a hacer hoy. Antes del desayuno, antes del teléfono, antes de que el día te arrastre — detente. Solo un momento. Mira esta mañana. Y di en voz alta — en voz alta — una cosa por la que estás agradecido. Una sola. No una lista. Una cosa. Y al decirla, reconócela: esto vino de la mano fiel de Dios. Ese es el acto de fe de hoy. Sencillo por fuera, profundo por dentro.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.