Día 184 · viernes, 3 de julio

Vida en Abundancia

"El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia."JUAN 10:10

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Transcripción

Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 184, Vida en Abundancia.

"El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia." Juan 10, versículo 10.

Quiero que dejes que esa palabra se asiente un momento. Porque esto no es un versículo de calendario. No es una frase bonita para colgar en la cocina. Es Jesús hablando — y cuando Jesús habla, habla con la autoridad de quien sabe exactamente lo que está diciendo.

¿Y quién habla aquí? El Buen Pastor. No un filósofo con ideas interesantes. No un maestro con buenas intenciones. Es aquel que te conoce por nombre — que entró a este mundo, a este redil, a buscarte a ti, personalmente.

Y fíjate lo que hace antes de hablar de la vida: nombra al enemigo. "El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir." Jesús no ignora la realidad. No finge que todo está bien cuando no lo está. Hay una fuerza en este mundo que quiere disminuirte — que quiere robarte la alegría, matar tu propósito, destruir lo que más aprecias. Y Jesús lo dice no para aterrorizarte, sino para que no te tome por sorpresa. Para que cuando el ladrón llegue — y llega, tú y yo lo sabemos — ya sepas reconocerlo por lo que es.

Pero entonces Jesús cambia todo con dos palabras: "yo vine." Dos palabras que cargan el peso de toda la encarnación. Dios cruzó la distancia que nosotros jamás podríamos cruzar. El Pastor bajó al redil. Y no vino con las manos vacías — vino con vida. Vida de verdad.

Y aquí está el corazón del versículo: "vida en abundancia." En griego, la palabra es perissos — y desborda. No significa apenas "un poco más que suficiente." Significa pleno, colmado, rebosante de sentido. Jesús no vino a ofrecerte supervivencia. No vino a darte una existencia gris donde aguantas el lunes y esperas el viernes. Él vino para que florezcas.

Pero — y esto es importante — esa abundancia no es una promesa de vida sin dolor. No es prosperidad material. No es ausencia de prueba. Es algo mucho más real que todo eso. Es la vida que persiste con gozo aun cuando todo duele. Es el propósito que no desaparece en el sufrimiento. Es la paz que no depende de las circunstancias — porque el Pastor que prometió esto resucitó de entre los muertos. Venció lo que el ladrón usa como amenaza final. Y porque Él resucitó, la muerte ya no tiene la última palabra sobre ti.

Entonces hoy — antes del desayuno, antes del teléfono, antes de todo — siéntate en silencio dos minutos. Y dile a Jesús en voz alta, de corazón de verdad: "Hoy elijo la vida que Tú ofreces — no lo que el ladrón prometió." Una sola frase. Dicha con sinceridad. Eso abre el día con el Pastor y no con el ladrón. No es un ritual vacío. Es una decisión. Y esa decisión tiene peso.

Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.