Día 184 · viernes, 3 de julio
"No las encubriremos a sus hijos, Contando a la generación venidera las alabanzas de Jehová, Y su potencia, y las maravillas que hizo."SALMOS 78:4
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 184, Contarlo a los Hijos.
"No las encubriremos a sus hijos, Contando a la generación venidera las alabanzas de Jehová, Y su potencia, y las maravillas que hizo." Salmos 78:4.
Fíjate en la primera frase: no las encubriremos. Eso es una decisión, mi querido. No es un accidente feliz, no es algo que sucede solo. La memoria de lo que Dios hizo no se pierde porque los milagros dejaron de suceder — se pierde porque la gente deja de contarlos. El silencio siempre es una elección, aunque no nos demos cuenta de que estamos eligiendo.
Y mira para quién se cuenta esta historia: para la generación venidera. El salmista no está pensando solo en quien ya cree hoy, ya está convencido, ya vive la fe. Está pensando en quien todavía va a nacer. En quien todavía va a crecer sin saber nada de esto, a menos que alguien se lo cuente. La fidelidad de una generación no se mide solo por lo que cree — sino por lo que logra transmitir.
¿Y qué exactamente debe contarse? El salmo es específico: las alabanzas de Jehová, su potencia, las maravillas que hizo. No son teorías sobre Dios. No son conceptos abstractos sobre un ser supremo distante. Son hechos. Cosas concretas que sucedieron, que alguien vio, que alguien vivió. La fe de un niño no crece escuchando definiciones teológicas — crece escuchando historias reales de un Dios que actuó.
Piensa en tu propia vida por un momento. Tienes historias así, ¿verdad? Momentos en los que Dios actuó de una manera que no puedes explicar de otra forma. Una provisión que llegó en el momento justo. Una sanidad. Una puerta que se abrió cuando todo parecía cerrado. Una paz que llegó en medio del caos. Esas son las maravillas que el salmo nos pide no esconder.
Y hay algo urgente en esto. Cada generación recibió esta historia de alguien — de los padres, de los abuelos, de un maestro, de un pastor — y tiene la responsabilidad de transmitirla. Es una cadena. Y cuando un eslabón de esa cadena decide guardar silencio, toda una generación puede crecer sin escuchar jamás lo que Dios ya hizo. No porque Dios dejó de actuar — sino porque nadie lo contó.
Entonces hoy, mi querido, quiero darte una tarea simple y concreta. Elige a una persona — puede ser tu hijo, tu nieto, un sobrino, un niño de tu iglesia, un joven que conoces. Y cuéntale a esa persona, hoy, en voz alta, una cosa concreta que Dios ya hizo en tu vida. No tiene que ser un milagro espectacular. Puede ser algo pequeño. Pero cuéntalo. Nómbralo. Deja que esa historia salga de tu boca y entre al corazón de alguien que la va a cargar hacia adelante.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.