Día 170 · viernes, 19 de junio
"Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen."SALMOS 103:13
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 170, Compasión de Padre.
Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Salmos 103:13.
Detente un momento en esa imagen. No la pases rápido. Déjala entrar.
David, que conoció la gloria y la vergüenza, que había caído hondo y había sido levantado de vuelta, David no nos da la imagen de un Dios distante, con los brazos cruzados, llevando cuentas. Nos da la imagen de un padre que se inclina. Que se mueve hacia su hijo. Que te mira, y se conmueve.
Eso es compasión. No es lástima desde lejos. Es amor que baja hasta tu dolor y lo carga como si fuera el propio dolor del Padre. Él no se impacienta con tu debilidad. No suspira con frustración cuando tropiezas en el mismo lugar otra vez. Se acerca — con manos cuidadosas, con presencia real, con corazón que ya está dispuesto antes de que tú hayas dicho una sola palabra.
Y lo que a mí me mueve es esto: Él recuerda el polvo. El versículo que viene justo después dice que Él sabe de qué estamos hechos, que somos polvo. Su compasión no nace de una versión idealizada de ti. Nace precisamente de conocer tu fragilidad, tu límite, tu tierra — y amarte de todas formas. No a pesar de eso. Con eso bien presente.
No tienes que llegar impresionante para recibir ternura. No tienes que llegar resuelto, sin fisuras, con todo bajo control. La compasión ya se está moviendo hacia ti.
Ahora bien, temer al Señor — y el versículo habla de los que le temen — no es vivir con miedo de Él. No es caminar con el corazón encogido esperando el castigo. El temor es reverencia. Es confianza profunda. Es honrar a Dios como Dios. Y es precisamente a esos, a los que lo honran con la vida, a quienes se les promete esta ternura. Un padre compasivo que se inclina sobre el hijo que confía en él.
Y hay algo que hay que decir directamente: muchos de nosotros vivimos como huérfanos de un afecto que ya nos pertenece. Vivimos mendigando aprobación, intentando merecer lo que el Padre ya decidió dar gratuitamente. Esforzándonos más, siendo más disciplinados, tratando de ser suficientemente buenos — como si todavía necesitáramos convencer al Padre de que nos ame. Pero el amor ya está ahí. La compasión ya fue declarada. Lo que falta es descansar en ella. Dejar de correr y simplemente sentarse, como hijo amado, cerca de un Padre que ya se ha inclinado.
Entonces hoy, una sola cosa.
Hay una debilidad que cargas solo. Algo que ocultas porque te da vergüenza, porque crees que es demasiado grande, porque no quieres decepcionar. Llévalo hoy al Padre en oración. Háblale de eso como un hijo le habla a un padre compasivo — sin ensayo, sin ceremonia, sin intentar parecer fuerte. Solo abre la mano y entrégalo. Él ya lo sabe. Él ya se inclinó. Ahora te toca a ti dejarlo acercarse.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana.