Día 149 · viernes, 29 de mayo
"No hay entre nosotros árbitro Que ponga su mano sobre nosotros dos."JOB 9:33
Los mensajes de voz oficiales se están preparando. Las grabaciones de prueba se han eliminado para que solo se publique el audio aprobado de la Escritura.
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 149, Ningún Árbitro.
"No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos." Job 9:33.
Esta es una de las frases más conmovedoras de todo el libro de Job — y, al mismo tiempo, una de las más proféticas de toda la Biblia, aunque Job no lo supiera mientras hablaba. Entendamos el contexto. Job acababa de describir la grandeza de Dios — el poder que mueve montañas, que sacude la tierra, que dirige el sol. Y, al contemplar esa grandeza aplastante, siente su propio tamaño. Es pequeño. Dios es inmenso. Y entre los dos existe un abismo que Job no sabe cómo cruzar.
No está dudando de Dios. Está sintiendo la distancia. ¿Cómo puede un hombre, tan pequeño y tan frágil, acercarse a un Dios tan vasto para presentar su caso, para pedir explicaciones, para simplemente ser escuchado? Job siente que necesita a alguien en medio — alguien capaz de tocar ambos lados al mismo tiempo. Fíjate en la imagen: "que ponga su mano sobre nosotros dos." No es un juez distante, sentado en una silla alta, decidiendo desde lejos. Es alguien lo suficientemente cercano como para tocar a Dios con una mano y tocar a Job con la otra. Alguien que pertenece a ambos mundos.
Y Job no tenía esa persona. Clama por ella, pero no sabe su nombre. Solo sabe que falta alguien.
Y aquí, mi querido, es donde toda la historia de la Biblia se conecta de una manera que estremece. Porque siglos después, el apóstol Pablo escribiría, casi como respuesta directa al clamor de Job: "Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre." Un solo mediador. Alguien que es plenamente Dios y plenamente hombre al mismo tiempo — la única persona que jamás existió capaz de poner una mano en Dios y la otra en nosotros, de verdad, sin fingimiento, sin distancia.
El árbitro que Job anhelaba, sin saber su nombre, tiene rostro. Tiene nombre. Se llama Jesús.
Y esto cambia por completo la manera en que puedes acercarte a Dios hoy. Job sentía terror ante la grandeza divina — y es comprensible, porque tenía razón sobre el tamaño del abismo. Pero tú no tienes que sentir ese mismo terror. Porque el puente ya fue construido. No te acercas a Dios solo, tratando de calcular si eres suficientemente digno. Te acercas a través de Cristo, que ya puso su mano en ambos lados.
Entonces hoy, antes del desayuno, quiero que hagas una oración distinta. No empieces pidiendo. Empieza agradeciendo. Agradece a Jesús por ser exactamente lo que Job anhelaba y nunca vio en vida — el mediador, el puente, aquel que tocó ambos lados. Y luego, llévale algo que has evitado decirle a Dios directamente — una duda, un dolor, una pregunta sin respuesta. Porque tienes un mediador. No tienes que cruzar ese abismo solo.
Quédate con Dios. Acércate — y luego, confía en el Mediador. Hasta mañana, mi querido.