Día 137 · domingo, 17 de mayo

El secreto aprendido

"He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad."FILIPENSES 4:11-12

Escucha - el llamado de hoy en portugués, inglés o español

Transcripción

Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 137, El secreto aprendido.

"He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad." Filipenses 4, versículos 11 y 12.

Fíjate bien en ese verbo: aprendido.

Pablo no dice que recibió el contentamiento como un don del cielo. Dice que lo aprendió. Y lo dice dos veces — como si supiera que lo íbamos a leer demasiado rápido y lo íbamos a perder. Nadie nace contento. Ni Pablo. Ni tú. Ni yo. Y eso, mi querido, es una de las mejores noticias que este texto nos trae — porque si es una lección, entonces nadie queda excluido. Nadie está descalificado.

Ahora bien, mira desde dónde escribe Pablo estas palabras. No es desde una terraza cómoda, con tiempo libre y buena luz. Es desde una celda. Una prisión romana. Y desde ahí — quizás con la mano encadenada — escribe que ha aprendido a estar contento en toda situación. Eso no es un discurso bonito. Eso es un testimonio que ha costado algo. El contentamiento que Pablo carga no depende de que las circunstancias mejoren. Se sostiene precisamente cuando las circunstancias no se sostienen.

Y Pablo sabe que la prueba viene de ambos lados. El hambre nos tienta a dudar de Dios — "¿dónde está Él ahora?" La abundancia nos tienta a olvidarlo — "yo me las arreglé solo." Los dos extremos tienen su trampa. Pero un corazón anclado en Cristo pasa las dos pruebas. No porque sea fuerte en sí mismo. Sino porque sabe dónde está el ancla.

Y entonces Pablo revela el secreto. Un versículo más adelante, lo entrega sin rodeos: "en Cristo que me fortalece." Así de sencillo. El contentamiento no es fuerza de voluntad. No es esa determinación de apretar los dientes y aguantar. Es cercanía. Es Cristo cerca. Es la vida interior alimentada por Él — y no por lo que pasa afuera.

¿Y cómo se aprende eso? Poco a poco. Dios enseña contentamiento como las estaciones enseñan al campesino — en días reales, sin atajos, sin saltar etapas. El invierno enseña lo que el verano no puede. La escasez enseña lo que la abundancia no alcanza. Y la circunstancia que estás viviendo hoy — esa que quizás estás deseando que termine pronto — es parte del plan de enseñanza. Dios está en medio de ella. La clase no ha terminado.

Entonces hoy, mi querido, aquí está tu paso. Antes del desayuno — antes del primer mensaje, antes del primer compromiso del día — detente. Nombra en voz alta tu circunstancia más difícil en este momento. Ponle nombre. Y luego ora, con estas palabras o con las tuyas: "Señor, enséñame contentamiento aquí mismo." No le pidas que se vaya. Pídele que te enseñe dentro de ella. Esa es la oración que transforma a una persona desde adentro.

Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.