Día 131 · lunes, 11 de mayo
"Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra."EFESIOS 6:2-3
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 131, Honra con promesa.
Efesios 6, versículos 2 y 3. Escúchalo bien:
"Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra."
El primero con promesa. Pablo lo pudo haber dicho de paso. Pero se detiene. Señala algo que nosotros solemos ignorar: de todos los mandamientos que Dios dio, este es el primero que llega con una promesa adentro. No es solo una instrucción. Es una instrucción con un futuro cosido en su interior.
Y eso ya nos dice algo profundo sobre cómo Dios ve el hogar. Él no puso la honra dentro de la familia como si fuera un asunto menor, una cuestión privada. La puso como puerta. Como cimiento. Lo que sucede en esa relación — entre hijos y padres — Dios lo ató directamente a lo que va a suceder en tu vida afuera de esas paredes.
Pero necesito decir algo aquí, con cuidado: el mandamiento no dice que honres a padres perfectos. No dice eso en ninguna parte. Y eso importa — porque hay personas que cargan una historia muy pesada con su padre, con su madre. Hubo errores. Hubo ausencias. Hubo heridas reales. Y este mandamiento no las niega. Pero te llama a algo más grande que el dolor: te llama a tratar con dignidad incluso a quien falló. Sin borrar la verdad. Sin fingir que todo estuvo bien. Pero tampoco alimentando la amargura como si fuera tu única compañía. Honrar no es hacerse el ciego. Honrar es elegir.
Y esa elección se ve distinta según la etapa de tu vida. A los siete años, honrar es obedecer, estar presente, no contestar mal. Pero a los cuarenta, honrar es otra cosa. Es llamar cuando estás ocupado. Es visitar cuando no es conveniente. Es sentarte a escuchar una historia que ya oíste veinte veces — y escucharla de nuevo, porque la persona que la cuenta necesita saber que todavía importa. El mandamiento no venció cuando creciste. Creció contigo.
¿Y la promesa? "Para que te vaya bien, y seas de larga vida." No lo leas como una fórmula. No lo es. Es sabiduría. Es la observación de Dios sobre cómo funciona la vida. Los hogares donde hay honra forman personas con raíces. Los hijos que aprenden a honrar aprenden a vivir con estabilidad. Y esa bendición — esa forma de vivir — cruza generaciones. No se queda encerrada en una sola persona.
Y hablando de generaciones: tus hijos están mirando. Ahora mismo. Cómo hablas de tu padre. Cómo tratas a tu madre cuando llama y tú estás cansado. Cómo reaccionas en los momentos difíciles. Están aprendiendo. La honra no se enseña con palabras — se demuestra con la vida. Es una herencia que se transmite sin necesidad de escribirla.
Entonces, aquí está el llamado. Antes del desayuno de hoy — antes, no después — envía un mensaje a tu padre o a tu madre. No tiene que ser largo. No tiene que ser perfecto. Solo tiene que ser verdadero. Una palabra de gratitud. Un recuerdo bueno. Un "te quiero" que ha estado esperando ser dicho. Si ya partieron, hazlo con Dios — en voz alta, agradécele por algo bueno que recibiste de ellos. Deja que la gratitud salga. Necesita ser expresada.
No vas a lamentar haber honrado. Pero quizás lamentes no haberlo hecho mientras aún era posible.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.