Día 120 · jueves, 30 de abril

Como para el Señor

"Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres."COLOSENSES 3:23

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Transcripción

Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 120, Como para el Señor.

Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres. Colosenses 3:23.

Quédate con esa palabra un momento. Pablo no está hablando de la iglesia del domingo, ni del tiempo devocional de la mañana. Está hablando de trabajo. De tu trabajo. De la reunión que tienes en una hora. Del correo que todavía no has respondido. De la tarea que nadie va a aplaudir. Y dice: hazlo para el Señor.

Eso lo cambia todo. Porque la pregunta que llevas al lunes ya no es "¿me van a reconocer por esto?" La pregunta se convierte en: "¿es esto digno de Aquel a quien sirvo?" Y a quien sirves es al Dios vivo. El destinatario de tu esfuerzo cambió de dirección. Ya no es el jefe. Ya no es el cliente. Ya no es el cargo ni el sueldo. Es Él. Y eso transforma cualquier mañana, cualquier función, cualquier rutina que sientes que te pesa.

De corazón, dice Pablo. No a medias. Y quiero decirte algo que quizás ya conoces en carne propia: trabajar a medias, con la mente en otro lugar, cansa más que trabajar de verdad. Porque cuando el corazón está dividido, gastas energía resistiendo la tarea al mismo tiempo que la haces. Pero cuando decides entrar entero — cuando el corazón viene contigo — algo se abre. La tarea no es la misma.

Se vuelve ofrenda. Se vuelve adoración. No como figura retórica — como realidad. La planilla hecha con esmero para el Señor es una ofrenda. El correo respondido con honestidad es una ofrenda. La cocina limpia, la obra terminada bien, el trato justo con el cliente difícil — todo eso, en manos que aman, deja de ser ordinario. No hay tarea insignificante cuando el destinatario es el Rey del universo.

¿Y lo que nadie ve? El detalle que pusiste, el esfuerzo extra que ningún ojo humano va a captar. No se pierde. Nada se pierde delante de Él. Lo que los hombres ignoran, el Señor lo recibe — y es delante de Él, no de la audiencia, que tú trabajas. Eso no es consuelo barato. Es una verdad que cambia cómo te sientes a las tres de la tarde cuando nadie ha dicho nada.

Y hay una libertad que viene con esto. Quien trabaja para el Señor no vive preso del elogio ni se derrumba con la crítica. Porque la evaluación que importa ya tiene dueño — y ese dueño te conoce de verdad, te ve de verdad, y no usa los criterios superficiales con los que el mundo mide. Dejas de ser rehén de la aprobación humana. Y el trabajo — incluso el duro, incluso el invisible — se vuelve más liviano.

Entonces hoy, antes del desayuno, antes de abrir el teléfono, antes de arrancar con cualquier cosa — toma papel o abre el bloc de notas y escribe tu primera tarea del día. La que ya tienes en la cabeza. Y ora sobre ella. Solo eso. Mírala y di en voz baja: "Señor, esta es para ti." No hace falta que la oración sea larga ni perfecta. Solo tiene que ser verdadera. Porque cuando le entregas la primera tarea a Él, cambias la dirección de todo lo que viene después.

Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.