Día 108 · sábado, 18 de abril
"El atalaya volvió a decir: También éste llegó a ellos y no vuelve; y el marchar del que viene es como el marchar de Jehú hijo de Nimsi, porque viene impetuosamente."2 REYES 9:20
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Hola, mi querido… ven conmigo hoy. Es By God's Call — día 108, Impulso y Propósito.
"El atalaya volvió a decir: También éste llegó a ellos y no vuelve; y el marchar del que viene es como el marchar de Jehú hijo de Nimsi, porque viene impetuosamente." 2 Reyes 9:20.
Fíjate en un detalle pequeño, pero fascinante: el atalaya reconoce a Jehú desde lejos, incluso antes de poder verle el rostro — solo por su forma de conducir el carro. "Viene impetuosamente." Había algo tan característico, tan marcado en la forma en que Jehú se movía, que era identificable solo por su urgencia. Eso me hace detenerme y pensar: lo que te mueve es visible incluso antes de que llegues cerca de las personas. Tu ritmo, tu prisa, tu forma de atravesar los días — todo eso cuenta una historia sobre lo que te está impulsando por dentro.
Pero aquí está lo que muchos no se detienen a ver en este pasaje: Jehú no estaba corriendo por impaciencia vacía, por ansiedad sin rumbo. Pocos versículos antes, acababa de ser ungido, en secreto, por orden del profeta Eliseo, para ser rey sobre Israel — y para ejecutar el juicio que Dios ya había decretado contra la casa de Acab. Años antes, en tiempos de Elías, Dios ya había dicho que esa dinastía corrupta caería. La prisa de Jehú tenía una misión real detrás. No corría hacia ningún lugar sin sentido — corría para cumplir lo que ya había sido decidido en el cielo.
Y ahí es donde la historia me confronta: la velocidad no es neutral. "Viene impetuosamente" se volvió incluso una expresión proverbial a lo largo de los siglos, pero el texto en sí no está elogiando ni condenando la prisa. Te está invitando a preguntar: ¿hacia dónde lleva esa prisa? Existe una prisa que nace de un llamado genuino de Dios — la urgencia de terminar algo que Él puso en tus manos, el deseo de correr tras lo que Él ya decidió. Y existe una prisa que nace solo de ansiedad, de miedo, de un corazón que no sabe descansar y confunde velocidad con propósito.
El verdadero peso de este capítulo no está en la velocidad del carro de Jehú. Está en el juicio que finalmente alcanza a Jezabel, que finalmente alcanza a toda la casa de Acab — un juicio anunciado años antes, que parecía demorar, y que llegó exactamente en el tiempo justo de Dios, a través de un hombre cuya prisa visible era, en realidad, obediencia.
Mi querido, quiero que hoy te detengas y observes tu propio ritmo. La forma en que atraviesas tu día, la prisa que te acompaña de la mañana a la noche — ¿de dónde viene? ¿Nace de un llamado real que Dios puso en ti, algo que Él quiere que cumplas con urgencia y propósito? ¿O nace solo de ansiedad, de un corazón que corre sin saber bien por qué, confundiendo velocidad con significado?
Pregúntale a Dios hoy: "Señor, ¿mi ritmo hoy refleja tu llamado o solo mi inquietud?" Y deja que Él calme lo que necesita ser calmado, y acelere lo que de verdad necesita cumplirse con urgencia.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.