Día 89 · lunes, 30 de marzo

Toma la toalla

"Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis."JUAN 13:14-15

Escucha - el llamado de hoy en portugués, inglés o español

Transcripción

Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 89, Toma la toalla.

Escucha lo que Jesús dijo — y presta atención a quién lo está diciendo:

"Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis." Juan 13, versículos 14 y 15.

Detente un momento. Deja que esa escena te alcance.

El Hijo de Dios — el Señor y el Maestro, él mismo lo dice — se arrodilla en el suelo frío. Toma una vasija. Se enrolla una toalla en la cintura. Y comienza a lavar los pies polvorientos de pescadores, de cobradores de impuestos, de hombres que discutían esa misma noche quién era el más grande entre ellos.

Jesús no abandona sus títulos para servir. Sirve porque los títulos son suyos. Eso es exactamente lo que hace esta escena tan poderosa — la autoridad y la humildad no están en conflicto en él. Viven en la misma casa.

Y hay algo más. En aquella vasija entró agua que lavó todos los pies alrededor de la mesa — incluyendo los de Judas. Jesús lo sabía. El Evangelio lo deja claro: ya sabía quién lo iba a entregar. Y aun así tomó la toalla. Aun así sirvió. El amor de Jesús no espera que la otra persona lo merezca. Sirve incluso a quien va a herirlo. Eso no es debilidad. Es lo más fuerte que existe.

Y entonces levanta los ojos y dice: vosotros también debéis. No: qué hermoso sería si lo hicieran. No: considérenlo, si pueden. Dice debéis. La toalla no es una sugerencia para quien sigue a Cristo — es parte del llamado. Nos dio un ejemplo, y el ejemplo viene con comisión.

Pero hay algo que necesitamos entender: la humildad no nace en un discurso. Nace en el servicio escondido. En la tarea que nadie ve, que nadie aplaude, que nadie va a reconocer. Es ahí, en el silencio del acto ordinario, donde el corazón empieza a cambiar. Donde la necesidad de reconocimiento va perdiendo fuerza. Donde aprendemos, poco a poco, a servir sin público — porque el único que necesita ver, ya lo vio.

Jesús no lavó los pies de sus discípulos para que se quedaran sentados, sintiéndose amados. Lo hizo para que fueran. Para que tú fueras. Para que hoy, esta mañana, tomaras la toalla.

Entonces, antes del desayuno — antes de abrir el teléfono, antes de comenzar el día — elige una tarea humilde que nadie va a ver. Lava los platos. Saca la basura. Dobla la ropa que lleva días esperando. O, si hay alguien que te hirió y todavía cargas ese peso, siéntate, cierra los ojos, y ora por esa persona. No porque tengas ganas. Sino porque Jesús lavó los pies de Judas. Y eso es adoración. Eso es la toalla en tus manos.

Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.