Día 87 · sábado, 28 de marzo
"Y dijo a sus hombres: Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido de Jehová."1 SAMUEL 24:6
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Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 87, El Ungido Perdonado.
"Y dijo a sus hombres: Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido de Jehová." 1 Samuel 24:6.
Detente y imagina la escena. David está escondido en el fondo de una cueva oscura, junto a sus hombres, huyendo desde hace años de un rey que quiere matarlo. Y de repente, sin aviso, el mismo Saúl entra solo a esa cueva. Solo. Sin guardaespaldas. Sin saber que David estaba allí, a pocos metros de él.
Los hombres de David susurraron: "¡Esta es la hora! ¡Dios ha entregado a tu enemigo en tus manos!" Y desde una perspectiva humana, tenía todo el sentido. Nadie lo sabría. Nadie contaría la historia distinta. Sería fácil, rápido, y resolvería años de sufrimiento en una sola noche.
Pero David no se movió para matar. Se agachó, cortó silenciosamente un pedazo del borde del manto de Saúl — y aun eso, aun ese gesto tan pequeño, hirió su conciencia. Se levantó y dijo a sus hombres: Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová.
Fíjate bien en esto: Saúl era injusto. Saúl estaba equivocado. Saúl perseguía a David sin motivo legítimo. Y aun así, David no se permitió vengarse con sus propias manos, porque entendía una verdad que muchos olvidamos en el momento de la ira: no me corresponde a mí juzgar a quien Dios ha puesto en posición de autoridad. Le corresponde a Dios.
David ya sabía que algún día sería rey — ya había sido ungido por Samuel años antes. Pero no usó su propia fuerza para acelerar esa promesa. Eligió esperar el tiempo de Dios, incluso cuando la oportunidad parecía perfecta, incluso cuando parecía que Dios mismo había abierto la puerta.
Y esto es difícil, mi querido. Cuando alguien nos hiere, cuando alguien actúa mal contra nosotros, el impulso natural es devolver el golpe, probar que tenemos razón, hacer justicia con nuestras propias manos. Pero David nos enseña otro camino: honrar el lugar que Dios le dio a la otra persona, incluso cuando esa persona se equivoca. Confiar en que Dios ve, que Dios sabe, y que Dios actuará en el momento correcto.
Después, David salió de la cueva y mostró el pedazo del manto a Saúl, desde lejos, como prueba de que pudo haberlo matado y no lo hizo. La integridad que vivió escondido en la cueva se convirtió en un testimonio público delante de todo el ejército.
Entonces aquí está el llamado para hoy: cuando alguien te trate injustamente hoy, resiste el impulso de devolver el golpe. No levantes la mano — ni la lengua, ni la actitud. Entrégale a Dios tu caso en oración, y deja que sea Él quien te defienda.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.