Día 67 · domingo, 8 de marzo
"Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar."JOSUÉ 14:11
Los mensajes de voz oficiales se están preparando. Las grabaciones de prueba se han eliminado para que solo se publique el audio aprobado de la Escritura.
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 67, Todavía Tan Fuerte.
"Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar." Josué 14:11.
Déjame contarte quién dice estas palabras. Caleb. Ochenta y cinco años de edad. Cuarenta y cinco años antes, había sido uno de los doce espías enviados a reconocer la tierra prometida. Doce hombres vieron la misma tierra, los mismos gigantes, las mismas ciudades fortificadas. Diez volvieron aterrados. Solo Caleb y Josué volvieron diciendo: "Dios es más grande que todo esto. Subamos y tomemos la tierra."
Por la incredulidad del pueblo, toda esa generación pasó cuarenta años vagando por el desierto — y murió allí, sin entrar a la tierra prometida. Solo Caleb y Josué, de los adultos de aquella época, sobrevivieron para cruzar el Jordán. Y ahora, décadas después, con ochenta y cinco años de edad, Caleb está frente a Josué reclamando la promesa que Moisés le había hecho mucho tiempo atrás.
Y mira lo que dice: "todavía estoy tan fuerte." No dice "Dios me dio una fuerza nueva para mi vejez." Dice que es la misma fuerza. La fuerza que tenía a los cuarenta, todavía la lleva a los ochenta y cinco. Esto no se trata de genética privilegiada. Es el fruto directo de toda una vida siguiendo al Señor plenamente, sin desviarse, mientras toda una generación a su alrededor se rindió, dudó y murió en el camino.
Fíjate también en el alcance de esa fuerza: "para la guerra, y para salir y para entrar." No es solo para el momento dramático de la batalla. Es para la vida común — para las idas y venidas del día a día, para las tareas pequeñas que nadie aplaude. La fuerza que Dios da no elige solo los reflectores; sostiene todo lo cotidiano.
Y lo que pide Caleb, a sus ochenta y cinco años, no es una silla cómoda. No es un descanso merecido. Pide la región montañosa — llena de gigantes, la misma que había visto décadas antes y que todavía nadie tenía el valor de enfrentar. Quiere el monte más difícil, no porque ignore su propia edad, sino porque su fe nunca fue sobre la fuerza del cuerpo. Siempre fue sobre la fidelidad de Dios.
Mi querido, tal vez tú cargas una promesa antigua. Algo que Dios te habló hace años, tal vez décadas, y que todavía no se ha cumplido. Tal vez has visto a personas a tu alrededor rendirse, dudar, acomodarse. Caleb nos enseña que seguir a Dios plenamente, por mucho tiempo, no gasta tu fuerza — la conserva. Y llega un día en que tú, como él, puedes levantarte y decir: todavía estoy listo. Todavía quiero mi monte.
Entonces hoy, el llamado es este: nombra, en voz alta, la promesa antigua que guardas. Y pídele a Dios que la tome — no con la vacilación de quien cree que ya pasó su tiempo, sino con la misma convicción de Caleb, que sabía que la fuerza para eso nunca fue suya. Siempre fue de Dios.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.