Día 65 · viernes, 6 de marzo
"Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete."MATEO 18:21-22
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 65, Setenta veces siete.
"Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?" Y Jesús le dijo: "No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete." Mateo 18, versículos 21 y 22.
Detente ahí un momento. Deja que eso aterrice.
Pedro hizo la pregunta convencido de que era generoso. Siete veces. Siete ya era mucho. Siete era paciencia, era madurez espiritual, era un corazón grande. Y Jesús le respondió con un número que nadie puede llevar la cuenta.
Setenta veces siete.
Y no lo dijo para elevar el techo. Lo dijo para acabar con las cuentas. Porque el perdón verdadero — el perdón que nace de Dios — no lleva marcador. No tiene cuaderno de registros. No guarda la ofensa en un cajón para sacarla después, en un momento de debilidad, en una pelea difícil. El amor, dice la Palabra, no lleva cuenta del mal. Y cada vez que perdonas de verdad, arrancas una página más de ese cuaderno que el resentimiento tanto quiere conservar.
Sé que no es fácil. Hay heridas que cambiaron algo en ti. Hay traiciones que movieron el piso. Hay palabras que se quedaron pegadas y no se van con solo quererlo. Y la carne quiere contar. La carne quiere recordar. La carne quiere guardar esa ofensa como prueba, como escudo, como justificación.
Pero escucha esto: perdonar muchas veces no es debilidad repetida. Es entrenamiento. Es el Padre formando su propio corazón dentro del tuyo. Cada vez que eliges soltar una ofensa — de nuevo, una vez más, la décima, la cuadragésima, la septuagésima — no estás perdiendo. Estás siendo formado. Estás pareciéndote más a Dios.
Y hay algo más que necesita decirse.
¿Cuántas veces te ha perdonado Él la misma falta? Esa que tú mismo te avergüenzas de confesar otra vez. Esa que juraste no repetir — y repetiste. Dios no perdió la cuenta. Simplemente no está contando. La medida que usa contigo es exactamente la medida que te pide a ti.
No es acusación. Es invitación.
Entonces hoy — antes del desayuno, antes de abrir el teléfono, antes de que el día te lleve — haz una sola cosa. Identifica la ofensa que más has contabilizado. La que sabes de memoria. La que aparece cuando todo se calla. Y perdónala otra vez. No porque la persona lo merezca. No porque sea fácil. Sino porque tú has sido perdonado — y porque ese acto, pequeño y silencioso, rompe una página del marcador y abre un poco más tu corazón al corazón del Padre.
No tiene que ser grandioso. Solo tiene que ser real.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana.