Día 64 · jueves, 5 de marzo
"Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros."COLOSENSES 3:13
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 64, Perdona como perdonado.
"Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros." Colosenses 3, versículo 13.
Quédate con esas palabras un instante.
Pablo no escribe a personas sin conflictos. Escribe a una comunidad real — con roces reales, con heridas reales, con quejas que llevan más tiempo de lo debido. Y no finge que eso no existe. Dice: sopórtense. Hay un peso ahí. Hay esfuerzo. Vivir juntos cuesta algo.
Pero luego va al fondo. No dice solamente "perdona." Dice: perdona de la manera que Cristo te perdonó. Y ahí todo cambia. Porque la medida ya no es el tamaño de la ofensa que recibiste. La medida es el tamaño de lo que se hizo por ti en la cruz.
Y eso nos confronta de una manera honesta.
Quien olvida cuánto le fue perdonado, empieza a cobrarles caro a los demás. El corazón que no recuerda la gracia se endurece. Se vuelve exigente. Calculador. Empieza a medir — ¿merece esta persona mi perdón? ¿Lo pidió suficiente? ¿Sufrió bastante? Pero tú y yo — nosotros nunca merecimos lo que recibimos. Nunca pedimos lo suficiente. Y el Señor perdonó de todas formas. Completamente. Sin condiciones.
La memoria de la gracia es lo que mantiene el corazón blando.
Y aquí necesito decirte algo importante: el perdón no empieza como un sentimiento. Empieza como una decisión. No vas a esperar el día en que sientas ganas de perdonar — ese día puede no llegar nunca. El perdón es un acto de la voluntad, una elección que se hace antes de que las emociones estén de acuerdo. ¿Y los sentimientos? Maduran después, como fruto. Tú decides hoy. La sanidad llega en el tiempo de Dios.
Hay algo más que quiero que escuches.
Guardar rencor es agotador. Es como cargar piedra ajena cuesta arriba — tú te desgastas, tú pagas el precio, y la piedra ni siquiera es tuya. Y cuando por fin sueltas ese peso, descubres algo que te sorprende: el preso eras tú. No la persona que te hirió. Tú. El perdón te libera primero.
Entonces aquí está el llamado de hoy — claro, sencillo, y posible ahora mismo.
Antes del desayuno, antes de mirar el teléfono, antes de cualquier otra cosa — siéntate un momento. Di en voz baja el nombre de quien te hirió. No hace falta que sea en voz alta. Solo tú y Dios. Y ora así: "Señor, suelto esta deuda. De la misma manera que tú soltaste la mía."
Solo eso. Un nombre. Una oración. Una decisión.
No estás diciendo que lo que pasó estuvo bien. Estás diciendo que ya no vas a cargar ese peso solo. Estás diciendo que confías en que Dios es el juez — y que tú, por gracia, eres libre.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana.