Día 32 · domingo, 1 de febrero

Ninguna condenación

"Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús."ROMANOS 8:1

Escucha - el llamado de hoy en portugués, inglés o español

Transcripción

Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 32, Ninguna condenación.

Romanos 8:1. Escucha bien: "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús."

Ese "pues" no está ahí por casualidad. Pablo acaba de atravesar el capítulo 7 entero describiendo la lucha interior — el bien que quiere hacer y no hace, el mal que no quiere y termina haciendo. Lo escribe con una honestidad que duele, porque es nuestra honestidad también. Y es justo ahí, en el fondo de esa confesión, en el lugar donde la falla fue nombrada sin adornos — es ahí donde cae el veredicto de la gracia. No después de que mejoraste. No cuando por fin lo lograste. Ahí mismo. En medio de la lucha.

Y el veredicto es: ninguna condenación.

No es "menos condenación." No es "condenación reducida." Es ninguna. El caso se cerró. El tribunal quedó vacío. Para quien está en Cristo Jesús no hay proceso abierto, no hay acusación pendiente, no hay sentencia esperando. Es un perdón tan completo que no dejó ni una migaja de culpa jurídica.

Y fíjate en la palabra que el apóstol elige: ahora. No algún día. No cuando hayas madurado lo suficiente. No después de que ese hábito por fin ceda. Ahora. Esta mañana. No te ganas esta libertad mejorando — ya es tuya, porque le pertenece a Cristo, y tú estás en él.

Y ahí está el fundamento de todo. "En Cristo Jesús." Esa es la dirección que importa. Tu seguridad no descansa en tu desempeño de ayer ni en tu compromiso de hoy. Descansa en tu posición — dentro de él. Y mientras estés dentro de él, lo que es suyo es tuyo. Su justicia es tuya. La aprobación del Padre es tuya.

Pero hay algo que tiene que decirse con claridad, porque existe una voz — quizás la reconoces — que no ha dejado de hablar. Repite el error. Recuerda la falla. Susurra que no mereces, que la gracia tiene límite, que esta vez te fuiste demasiado lejos. Esa voz no es el Espíritu de Dios. El Espíritu sí convence — claro que sí — pero convence para restaurar, para traer de vuelta, para llevarte a casa. La otra voz condena para aplastar, para paralizar, para alejarte. Una voz pronuncia tu nombre con ternura. La otra usa tu nombre como acusación. Aprende la diferencia. Y no le des oído a la que miente.

Así que hoy, antes del desayuno, haz esto: toma un papel y escribe la acusación que da vueltas en tu mente. Esa frase que más temes que sea verdad sobre ti. Escríbela. Luego escribe encima, con letras grandes: Romanos 8:1. Y rompe el papel. No como un truco — como una declaración. Como un acto de fe que dice: ese veredicto ya fue pronunciado, y no es condenación. Es libertad.

Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.