Día 16 · viernes, 16 de enero

El Dios que Pastoreó

"Y bendijo a José, diciendo: El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Angel que me liberta de todo mal, bendiga a estos jóvenes; y sea perpetuado en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac, y multiplíquense en gran manera en medio de la tierra."GÉNESIS 48:15-16

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Transcripción

Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 16, El Dios que Pastoreó.

"Y bendijo a José, diciendo: El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Ángel que me liberta de todo mal, bendiga a estos jóvenes; y sea perpetuado en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac, y multiplíquense en gran manera en medio de la tierra." Génesis 48, versículos 15 y 16.

Imagina a este hombre. Jacob tiene más de ciento treinta años. Está en Egipto, lejos de la tierra que Dios prometió, a punto de morir. Y antes de cerrar los ojos por última vez, llama a José y a sus dos nietos, Efraín y Manasés, para darles la bendición final.

Fíjate en lo que elige decir en ese momento. No es una lista de logros. No es un resumen de riqueza acumulada, de rebaños, de tierras. Jacob mira hacia atrás, hacia más de un siglo de vida, y lo resume todo en una sola frase: "el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día."

Pastor. Piensa en eso. Jacob — el hombre que engañó a su propio padre, que huyó de casa con miedo de su hermano, que trabajó años bajo el engaño de Labán, que luchó toda la noche junto al Jaboc, que perdió a Raquel en el parto, que pasó años creyendo que José estaba muerto — ese hombre, al final de todo, elige la palabra pastor. No juez. No patrón distante. Pastor. Alguien que caminó a su lado, que lo guio a través de cada valle, que nunca lo abandonó aun cuando él mismo, Jacob, tomó tantas decisiones equivocadas.

Y mira la otra frase que usa: "redimido de todo mal." No de algunos males. De todo mal. Jacob, mirando atrás en su vejez, no ve una secuencia de azares y coincidencias. Ve la mano de Dios rescatándolo, paso a paso, de cada peligro, cada error, cada consecuencia que él mismo creó con sus propias decisiones. Esa es la diferencia entre mirar la vida con amargura y mirarla como testimonio.

Y ahora viene la parte que más me conmueve: Jacob no bendice solo a José. Bendice a los nietos — Efraín y Manasés, niños que crecieron en Egipto, que apenas conocían la tierra de la promesa. Jacob sabe que no vivirá para ver lo que Dios hará con ellos. Pero pronuncia la bendición de todos modos. Dice: "Sea perpetuado en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac." Está diciendo, en esencia: que la fe que yo viví no muera conmigo. Que atraviese generaciones que nunca conoceré.

Eso es legado verdadero, mi querido. No es lo que acumulas. Es a quién dejas formado en la fe después de irte. Jacob entendía que el verdadero tesoro que tenía para dejar no era oro ni tierra — era el testimonio de un Dios fiel, contado en voz alta, para que los nietos crecieran sabiendo de dónde venían y a quién pertenecían.

Entonces hoy, quiero invitarte a hacer algo parecido, a menor escala, pero con el mismo peso. Antes del desayuno, toma un papel y escribe tres momentos específicos en que Dios ha sido tu pastor hasta hoy — tres veces en que te rescató, te guio, estuvo contigo cuando no lo merecías. Y luego, hoy mismo, busca a alguien más joven que tú — un hijo, un sobrino, un discípulo, un amigo más joven — y léele esa lista en voz alta. No la guardes solo para ti. Deja que atraviese.

Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.