Día 4 · domingo, 4 de enero
"Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús."FILIPENSES 3:13-14
Hola, mi querido… qué bueno tenerte hoy. Es By God's Call — día 4, Olvidando el pasado.
Una cosa hago. Solo una.
Pablo escribe eso desde adentro de una prisión. No desde un retiro tranquilo, no desde un momento de claridad cómoda. Desde cadenas. Y aun así, reduce toda su vida — con todos sus años, sus fracasos, sus logros — a una sola cosa. Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Filipenses 3, versículos 13 y 14.
Déjame hacerte una pregunta con cuidado — porque me importa lo que llevas contigo.
¿Qué viene cargando desde el año pasado que no debería entrar contigo a este año nuevo?
Porque Pablo dice algo que sorprende. Olvidar lo que queda atrás no es solo olvidar los fracasos — las veces que fallaste, las palabras que no debiste decir, las decisiones que todavía pesan. También es olvidar las victorias. El año en que todo salió bien. El momento en que sentiste que por fin ibas llegando. Porque el pasado que te halaga es tan peligroso como el pasado que te avergüenza. Ninguno de los dos tiene la fuerza para llevarte adelante. Ninguno de ellos es tu premio.
Y entonces Pablo cambia la imagen. Toma el lenguaje del atletismo — un corredor en el último trecho, el cuerpo entero extendido hacia la meta. Extenderse hacia lo que está delante. No es una metáfora de descanso. Es una metáfora de esfuerzo deliberado, de decisión consciente. La gracia de Dios no te vuelve pasivo. Te llama hacia adelante. Te hace alcanzar.
Y luego viene la palabra que quizás sea la más importante de todas: prosigo. No "ya llegué." No "ya lo entendí todo." Prosigo — constante, repetido, sin brillo ni drama. Porque gran parte de la vida con Dios no está hecha de momentos de gloria. Está hecha de días en que simplemente no te detienes. En que te levantas — aunque no tengas ganas, aunque no sientas nada — y das un paso más. Eso es fe. Eso es lo que Pablo llama proseguir.
¿Y el premio? El premio no es una mejor versión de ti mismo. No es productividad, ni éxito, ni reconocimiento — aunque esas cosas puedan ser bendiciones en su momento. El premio es el supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Es Él. Es la voz que te llama por nombre, que te conoce por completo, que no te condena. Corre hacia Él — no solo hacia metas.
Entonces hoy, antes del desayuno, haz una sola cosa. Nombra — en voz alta o por escrito — un arrepentimiento del año pasado. Solo uno. Ponlo en las manos de Dios en oración, una vez, con honestidad y sin rodeos. Y entonces — y aquí es donde se necesita valentía — niégate a rumiarlo durante el resto del día. No porque no fue real. Sino porque Dios ya escuchó. Y Él es fiel.
Quédate con Dios. Ora — y luego, actúa. Hasta mañana, mi querido.